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Una revolución alimentaria en Cali a través del silencio

Una revolución alimentaria en Cali a través del silencio

“Aunque las frutas no luzcan muy bien, los campesinos aseguran que son totalmente sanas.”

Mireya le pone el corazón. Así como cada sábado, esa mujer propia de las entrañas caucanas, emprende un peregrinaje tan santo como casual desde su finca en Suárez hasta la capital vallecaucana para vender pequeños trocitos de su tierra, de su campo.

Lo que la trasnocha de la manera más frentera no es solamente tener que vender todos los alimentos que cosechó y que produjo para el mercado de Asopro-orgánicos, sino la idea de que cada mañana de sábado puedan llegar nuevas personas con las ganas de alimentarse bien y que, además, puedan llevarse una experiencia ancestral a sus casas y a sus bocas.

Asopro-orgánicos es una asociación de pequeños productores de alimentos orgánicos del Valle y el Cauca. Todos los integrantes son campesinos que han optado por la siembra de semillas y el cuidado de cultivos alejados de químicos que aceleren sus procesos de crecimiento y maduración ni pesticidas que terminen por hacer de sus cosechas un puñado de alimentos transgénicos. Mireya hace parte de este gremio desde siempre, más exactamente hace 17 años.

Esta asociación, así como otros grupos de campesinos, se ha acostumbrado a ganarse espacios a pulso en la ciudad durante todo este tiempo. Nadie jamás ha dicho que hacer bien la obra de llevar alimentos orgánicos y saludables a los citadinos en medio de toda su indiferencia sería fácil. Por ahora, Asopro-orgánicos recibió como apoyo el espacio del parqueadero de la CVC en Cali durante las mañanas de sábado para poder realizar sus ventas. Mañana no se sabe.

Pero obtener un lugar en medio de la selva de cemento y la ausencia de conocimiento por parte de los caleños de su trabajo revolucionario no han sido los únicos problemas de Mireya Hernández y el resto de campesinos. El costo para la producción de los alimentos es altísimo y conlleva un cuidado casi esclavizante.

La lucha ha sido incansable. De hecho, los discursos de la agroecología han logrado ganar protagonismo en escenarios internacionales. El pasado 5 de abril se realizó el II Simposio de Agroecología en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), en Roma; lugar donde Deysi Rivillas, joven del campo tulueño, contó los procesos de defensa del agua en Colombia, la defensa de las semillas nativas y la importancia de trabajar con jóvenes rurales. El presidente de la FAO, el brasileño José Graziano da Silva, la escuchó aquel día. Deysi hace parte de la Asociación de Pequeños Caficultores de La Marina – Asopecam, que es uno de los proveedores del único mercado orgánico en Cali.

La falta de conocimiento por parte de la comunidad es la problemática que más recalcan los productores en el mercado orgánico, paradójicamente. “La falta de conocimiento no nos permite ganarnos más espacios. La gente no sabe lo que está comiendo cuando compran en el mercado convencional, y si supieran, seguramente optarían más por apoyar las producciones que nosotros realizamos de forma orgánica. Acá le quitamos la menor cantidad posible de componentes positivos a los cultivos por el bien del campo y por el bien del consumidor”, recalca don Jesús, integrante del Consejo Rural de Cali y productor del mercado orgánico.

La Alcaldía de Maurice Armitage en Cali ha asegurado públicamente apoyar los proyectos de mercados orgánicos, donde los campesinos vienen directamente desde las sierras y remansos de los departamentos más cercanos a ofrecer sus preciados productos. De hecho, durante el pasado 15 de marzo se realizó una actividad promovida por la administración municipal en la Plazoleta Jairo Varela, frente a sus propias oficinas de dirección local, y se reunieron cerca de 50 personas de 15 corregimientos de la ciudad ofreciendo unos 100 tipos de alimentos orgánicos.

Sin embargo, Julio César Nieto Lugo, Ingeniero Agrónomo de la Universidad Nacional y productor agroecológico, dice que el apoyo no es concreto y que nunca ha sido suficiente. Para él, el soporte a la agroecología se volvió moda, pero nunca se ha tomado con la responsabilidad y dedicación que merece, ya que la importancia cultural y ancestral de la metodología orgánica es abismal, por encima de un acto de mercadeo simple, de compra y venta, de consumo inconsciente.

Según don Jesús, esos mercados promovidos por la Alcaldía son una mentira disfrazada bajo un concepto que ha llegado a las bocas de todos, porque según él, hay ventas de varios productos que no son en su totalidad orgánicos, ya que se usan pesticidas que afectan su materialidad y que al ser consumidos son perjudiciales, no solo para los humanos, sino para otros actores de la naturaleza como los polinizadores, animales clave en el ecosistema. Esa fue su mayor razón de no apoyar esta serie de eventos y de nunca participar en ninguno de ellos. “Yo no voy a engañar a la gente”, repite una y otra vez.

Uno de los productores en Asopro-orgánicos mostraba la textura y estética fuera de los cánones comunes que la publicidad nos ha enseñado a aprehender de un racimo de tomillo. Sucia, colores inconsistentes, humedad impregnada y envolturas que son artesanía pura de los mismos que han protegido los cultivos como sus propios hijos.

“Vea. Esto no me lo dejan vender en un almacén de cadena, esto no entra a un mercado convencional. Pero le puedo asegurar que este producto es sano, porque sé cómo ha sido todo el proceso de su crecimiento y puedo invitar a quien quiera a conocer cómo lo hacemos. Para que un producto agrícola sea vendido por las grandes cadenas comerciales debe ser lindo para las fotografías y esa belleza se logra a través de transformaciones que le hacen daño a la salud”.

La mora es una de las varias cosechas de Mireya y su familia en la finca de Suárez. No acelerar su proceso de producción para el consumo en masa en medio de la sobrepoblación humana y su necesidad capitalista de vender en grandes rasgos a bajos costos, sin importar mucho que su rendimiento, su sabor y sus componentes disminuyan en calidad, es un acto heroico, pues una pequeña y jugosa mora orgánica puede tardar casi dos años desde su gestación hasta su maduración, además de tener en cuenta la vigilancia voraz a la que debe ser sometida para cuidarla de roedores, infecciones u otras plagas que puedan afectar su desarrollo.

El costo, no sólo monetario sino cultural y temporal, es muy alto, pero para los productores orgánicos como Mireya Hernández vale la pena creer en el aporte a la salud de sus consumidores y en la revolución alimentaria que promueven siempre que deciden salir de lo que la industria pide, de eso que ellos llaman lo convencional. 

Por: Christian Lozano y Diana Velasco / Reporteros  Sala de Periodismo

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