Follow us on Social Media
Image Alt

El Cementerio Central de Cali: un lugar que se niega a morir

El Cementerio Central de Cali: un lugar que se niega a morir

Por Daniela Valencia Benítez y Esther Daniella Tejada
Estudiantes de Sala de Periodismo

Existe en Cali un lugar donde los muertos juegan a esconderse entre tumbas decoradas por flores, muñecos o escritos en sus lápidas, donde los monumentos son más grandes que el sentido de pertenencia de los ciudadanos con ese lugar. Las tumbas, mausoleos y pasillos del cementerio abuelo de Cali narran la historia y los cambios que ha sufrido la ciudad desde hace más de 90 años.

El Cementerio Central está ubicado en la Carrera Primera con Calle 25, al nororiente de la ciudad. Este fue el primero en construirse de los cuatro camposantos que hacen parte actualmente de la Arquidiócesis de Cali. En 1920 fue fundado y en 1950 ya se encontraba lleno de cadáveres e historias, debido al crecimiento desenfrenado que desató el salto de pueblo a ciudad en Cali. Así fue como el cementerio se quedó corto en espacio y servicios hacia la comunidad pues la tasa de mortalidad aumentó con el progreso económico y demográfico, dando paso al traslado del camposanto y a la creación de otros cementerios.

Sin embargo, hay un lugar dentro del camposanto más viejo que él mismo. La iglesia, que fue construida primero, se vio rodeada de terreno santo destinado a convertirse en un cementerio, es por eso que el centro del mismo es esa iglesia adorada por muchos, pero maltratada por otros.  La arquitectura de la misma refleja su antigüedad, colores y materiales junto con los mausoleos que buscan resaltar la estética y la identidad cultural del lugar o de las familias de élite que buscan que sus seres queridos reposen en paz.

El metropolitano central está construido en forma de trébol de 3 hojas, conformado por sus 3 alamedas circulares simétrica y recta de las bóvedas, pasando por la capilla, mausoleos públicos y privados, monumentos y osarios. Esto representa cómo los humanos tenemos formas corporales que son el resultado de nuestra genética que delata a quienes nos hicieron, las características de los mismos y los cambios que hemos tenido según los años, esto es lo que el cementerio también relata. Como lo decía un político victoriano que dominó el parlamento británico por 60 años: “El respeto de la gente por sus leyes y su tierra se puede medir con precisión matemática por la forma en que ésta se ocupa de sus muertos”, pues se supone que se está construyendo en el espacio una última morada y una carga simbólica de quienes ocupamos la ciudad.

“Más miedo a los vivos que a los muertos”

Familias tradicionales de la ciudad cuentan con espacio para sus difuntos en el Cementerio Central.

En un campo que ya parece de todo, menos santo, la paz es ingrata, viene y se va, justo como algunos enemigos de los fallecidos que regresan al cementerio solo para no dejar descansar –ni siquiera muerto- a su adversario. Lápidas tatuadas de huecos que señalan lo que popularmente se conoce como ‘rematar el muerto’, y pasillos llenos de ‘trabajos’ o rituales hechos con arroz, cintas rojas, muñecos o bolsitas repletas de huesos y de malas y oscuras intenciones.

Familias aunque indignadas, muchas han dejado de visitar a sus familiares por temor a lo desconocido, a la violencia que rodea el lugar. Don Gerardo, jardinero de profesión y conocedor de mitos por excelencia, afirma que a diferencia de lo que los medios de comunicación publican sobre el cementerio, lo que más da terror son las acciones vandálicas de quienes entran al lugar sin tener respeto alguno hacia los restos de los muertos que reposan en el lugar, al templo y en su defecto, a la vida misma.

Iván Muñoz, cuidandero de la sede del Cementerio Central desde hace más de 20 años, cansado de responder a inquietudes paranormales de los familiares visitantes, universitarios y/o sociólogos, dice que lo más escalofriante que ha vivido en el lugar han sido los ataques vandálicos; las venganzas de los jóvenes pandilleros que regresan a la tumba de sus enemigos y, asimismo, a las de sus compañeros de barrio.

Todavía se recuerda el caso de los siete muertos que dejó una balacera posiblemente propiciada por unos jóvenes que hacían ajuste de cuentas por narcotráfico. El suceso involucró a una familia que visitaba la tumba de su madre, mientras le colocaban su lápida luego de ocho días de su muerte.

Aunque hace más de un año largo, según Muñoz, no se repiten este tipo de hechos tan impactantes en el lugar, al visitarlo se escuchan varios temas de Rap, entre ellos los de Canserbero, el venezolano que tuvo una muerte violenta y quien dedicaba sus letras a temas que hablan de las ‘calles del barrio’,  al igual que temas de hip hop caleño, canciones que recuerdan la identidad de una ciudad.

Interpretaciones que como en los años 80 y 90 rememoraban las experiencias de los caleños con boleros de Celia Cruz y Roberto Carlos, letras como las de La Cuna Blanca de Raphy Leavitt y Orquesta La Selecta, Nadie es eterno en el mundo de Darío Gómez y Diez Lágrimas de Los hermanos Lebrón. Sonidos de las tribus urbanas que construyen y se declaran como parte de la identidad de una ciudad, estos son los que están fuera del alcance del estigma paranormal en el Central.

Las madres de los jóvenes que le dan este tinte de ciudad al cementerio llegan con incienso, fotografías, CD’s y grabadoras para escuchar una voz de aliento durante sus visitas. En vez de llorar a sus hijos repiten las rimas del rap y se identifican con el dolor de otros compañeros enterrados al lado en sus osarios.

“Bóvedas, mausoleos y osarios, hoy en día a todos se los entierra por igual. El cuento del clasismo en el cementerio es evidente siempre. Eso es cierto, pero más era antes, en los mausoleos familiares. Ahora el que está en el cementerio central es más del barrio”, dice Iván con afán observando cómo pasa la gente para que no se le meta algún joven curioso.

 

Los fallecidos más visitados del lugar

“La curiosidad hace parte de los sentimientos encontrados en los cementerios. Siempre el morbo de querer encontrar algo que los sorprenda, lo noto cuando me preguntan por la niña que hace milagros”, afirma Iván, trabajador del lugar.

Sin embargo, los poros de la piel dejan de estar tranquilos cuando se pasa por el sector donde están ubicados ‘Los niños’. Juguetes nuevos ,pero curiosamente deteriorados y casi oxidados rodean los osarios y la tumba de Michelle, una niña que nació y murió el 25 de agosto, pero  en años diferentes. Una pequeña que sólo vivió un año y dejó varios mitos y relatos en el cementerio. La gente le lleva muñecas y hasta juegos de mesa en agradecimiento a sus peticiones cumplidas.

Varias mujeres llegan al lugar en silencio, otras con curiosidad, demostrando mucho respeto a la tumba de la niña, tanto que al tratar de iniciar una conversación con varias de ellas, se negaron a continuarla con un silencio alargado y elocuente.

A Michelle le rezan y la acompañan los visitantes del lugar quienes lloran como si la conocieran o fueran familiares, mientras le dedican canciones infantiles que alaban la ternura y la vida. Para los visitantes vecinos no se hace tan ameno, como contó Iván, a quien se le hace escalofriante escuchar rondas infantiles en un cementerio.

En algunos países los antiguos cementerios son un atractivo turístico más. Se aprovecha su arquitectura y los ‘muertos famosos’ que han sido enterrados en ellos.

Más allá está la mujer francesa a la que le hicieron una estatua acostada, que también tiene historia en el lugar. Se habló mucho de ella desde los años 20, aunque su cuerpo nunca llegó a Cali, donde tanto quería ser sepultada. Hoy en día muchos ignoran su tumba, al igual que su muerte, su identidad. ¿Quién era?, pocos saben. Sólo quedó el mito de su estatua y de su cuerpo perdido que algún día se embarcó hacia Cali.

Sin embargo, el mausoleo más codiciado del lugar es el de Adolfo Aristizábal, aquel a quien aún las personas ofrecen en su tumba flores, regalos, peluches, cartas y solicitudes con la esperanza de que ‘les haga el milagrito’. Las historias  van y vienen como fantasmas recorriendo los pasillos del Camposanto. Según cuenta la mitología urbana, se trató de un prominente empresario enfermo de leucemia,  que terminó involucrado en una extravagante historia digna de Edgar Allan Poe.

Uno de los mausoleos favoritos para visitar es el de una dama francesa que murió ahogada cuando, dicen, venía hacia Cali para casarse.

La otra cara contada a través de los muertos

En Argentina o en Europa los cementerios son considerados patrimonios culturales, museos y templos que exigen un respeto religioso; como ejemplo está el cementerio histórico La Chacarita donde visitantes, turistas y familiares de los difuntos se acercan a rendirle homenaje a la memoria política y la cultura de la música. Flores y cartas se encuentran al pie de la sencilla lápida del rockero Gustavo Cerati, e igualmente en la tumba del reconocido cantante de Tango Roberto Goyeneche, autor de temas como ‘Balada para un loco’, y ‘Tangos del sur’. También está Gardel, con su respectiva estatua, en la cual le rinden homenaje los visitantes colocándole un cigarro encendido en la mano con el fin de pedirle un deseo mientras se le hace oración y su cigarro se consume en medio de canciones.

Sin embargo, no todo es color de rosa, en el Cementerio La recoleta, en Buenos Aires, están los despojos de Evita Perón, la recordada esposa de Juan Domingo Perón y a quien le costó descansar en paz por muchos años, pues su cadáver fue trasladado por muchos lugares por miedo a su profanación constante. Esta historia, al igual que los sucesos que se enfrentan en el Cementerio Central de Cali, exponen que la vida y legado de muchos va más allá de una lápida o una estatua y, que estos lugares son precisos para rememorar y contar la historia a través de lo que significan ese cúmulo de experiencias en una ciudad.

Es así como el camposanto central de Cali se debe considerar como un monumento en sí, que cuenta, narra e inmortaliza historias que Cali ha vivido, desde el sector económico, demográfico, político, social y cultural.

Entre todos los mitos de miedo que salen del lugar, no hay más certeza que el abandono del mismo, el descuido y el empoderamiento de los imaginarios colectivos por su ubicación y popularidad. El cementerio es un patrimonio cultural que aunque guarda restos de muertos, historias, mitos, amores y desamores, no debe dejarse morir.

 

Post a Comment

5 × dos =