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La ‘Casa de los Títeres’, un mundo de fantasías que nació hace 20 años en el corazón de Cali

La ‘Casa de los Títeres’, un mundo de fantasías que nació hace 20 años en el corazón de Cali

Susana Serrano Arango/ Reportera de El Giro

Bajo la mirada del mágico barrio de San Antonio, en la Carrera novena con Calle 4-55, se oculta a plena vista, en Cali, la misteriosa Casa de Títeres. Una vivienda grande, colonial, como todas las de esa colina, que tras sus cerradas rejas negras, busca cuidar su mundo de la crueldad del olvido, cubierto bajo las fantasías y el esfuerzo de sus trabajadores. Ya han pasado 20 años desde que un 27 de marzo, con el sueño de llevar alegría al público y muy pocos pesos en el bolsillo, un grupo de titiriteros comenzó esta iniciativa.

Leonor Amelia Pérez es cofundadora de la Casa de Títeres y aunque éste sea su título más alto, al presentarse dice que es, ante todo, una titiritera de corazón. Los días en que comenzó su periplo de crear un espacio ameno donde dar entrada al títere, concientizar y dignificar el trabajo del titiritero, los recuerda con una sonrisa, pero no exactamente por lo agradables, sino por lo difíciles y por la emoción de saber que pudieron superarlos y ahora están allí.

“La iniciativa comenzó entre una unión de grupos, en ese tiempo nos llamábamos Astival, Asociación de Títeres del Valle. Éramos nueve grupos en total. Ahora ya solo quedamos nosotros. El Pequeño Teatro de Muñecos”, cuenta ella.

La dificultad económica impidió que los otros grupos continuaran con el proyecto. El sueño era hermoso, pero arrancar siempre es difícil, especialmente cuando se trata de arte y de un arte tan desvalorado como los títeres. Se necesitaba paciencia y esperanza, que fue justo lo que según ella “les faltó a los demás”.

El Pequeño Teatro de Muñecos fue un grupo fundado entre Leonor, su hermano Alejandro y su esposo, Gerardo Potes, en 1982.

Gerardo y Leonor son egresados de la Escuela de Teatro del Instituto Popular de Cultura y en en esa época, al inicio de los años 80, se encontraban realizando una gira por Costa Rica y Panamá con el grupo de actores que tenían en ese entonces. “En el viaje tuvimos la oportunidad de conocer a un grupo que se llama el Moderno Teatro de Muñecos”, asegura Leonor, quien recuerda que  quedaron fascinados, ya que era un espacio muy parecido a lo que es hoy en día su propia Casa de Títeres, un universo de cuerdas, madera y telas. El proyecto los maravilló hasta el punto de incentivarlos a crear algo diferente, un arte realmente mágico para su país.

El proceso fue muy intuitivo, ya que ninguno tenía un título en esa área, como la propia Leonor lo dice “nuestra escuela ha sido la vida”.

Su primera obra, que nunca falta el 27 de marzo de cada año, fue Las orejas del pícaro tío conejo. Esta función ya tiene 37 años de vida y nació de un cuento de la tradición oral del pacífico. Gerardo, que formó parte de los docentes del teatro infantil después de graduarse, montó esa obra con los niños y fascinado se la llevó a su grupo de titiriteros, para comenzar el proceso de la creación de muñecos, que les salieron desde el alma, llenos de su amor e intuición. Por esos días los diálogos se creaban en las tablas, aún no tenían ese proceso de creación primero en el papel.

Para darse a conocer, Gerardo se iba a la periferia de Cali a mostrar su trabajo con fotos físicas. “En ese tiempo todo era muy manual”, dice Leonor con añoranza, reacia a comprar un celular o a aprender a usarlos, “por esos días cobrábamos 20 centavos por niño, 0 pesos… de pronto 2 pesos, ya no recuerdo, pero el caso es que imprimíamos los boletos a mano, con unas ‘letricas’ de caucho que uno cogía y untaba con tinta y letra por letra imprimíamos las boletas”. 

Al tener la Casa de Títeres ya instaurada, los fundadores crearon las ‘rondas’ “para airear un poco nuestra programación”, dice Leonor. “Éramos nosotros con cuatro obras no más, entonces para refrescar al público que venía creamos las ‘rondas’. Traíamos grupos de Medellín, de Bogotá”. Con las rondas también empezaron los festivales que se llevan a cabo a mediados de abril de cada año y también las Ferias que aún se hacen en octubre. Para esa fecha vienen grupos desde Europa, Asia y  América, desde Canadá hasta la Patagonia, en Argentina.

Y en este ir y venir de gente, Gerardo y Leonor descubrieron que el hombre con el que habían compartido en 1982 en su gira haciendo teatro, aquel que los inspiró a incursionar en este fascinante mundo del títere, no era nada más ni nada menos que el maestro Juan Enrique Acuña, una eminencia de este arte, quien en 1968 fundó el Moderno Teatro de Muñecos en Costa Rica, donde ellos estuvieron. Él también es la persona que más ha ahondado en la historia del títere, en un gran estudio antropológico. Él ya falleció, pero Gerardo y Leonor lo recuerdan con cariño y con gratitud porque su pasión fue la que los inspiró.

Cabe resaltar que el grupo Casa de Títeres también ha logrado viajar a festivales en diferentes partes del mundo, empapándose de la cultura y las experiencias de sus compañeros. Han estado en Egipto, Turquía, Italia, España, y otros países de Latinoamérica.

“Esto es gracias a que nuestra puesta en escena es muy diferente, rompimos el esquema del teatrino convencional”, resalta Pérez.

Al ser actores, por esa capacidad histriónica que tenían empezaron a compartir el escenario con sus marionetas y a volverse personajes dentro de la obra. También hubo un punto en el que utilizaban técnicas sin saber que las usaban. Por ejemplo, en una de sus obras utilizaron un marot y un mimo, sin darse cuenta, al hacer con un palo de escoba la representación de Dios, poniéndole ojos al cepillo y un gancho cruzado para colgarle una toga.

“No lo sabíamos, pero lo hacíamos, entonces por eso era que, de alguna manera, no estábamos pecando, irrumpiendo en el mundo del títere y lográbamos encantar al público”. Con todo el estudio que han realizado, hoy en día ya saben los nombres técnicos.

Pero no solo se trata de un trabajo nacional o internacional, también han querido darle un viso social a su proyecto y llevarlo hasta los rincones más recónditos de Cali, a esa parte de la población que no puede llegar a San Antonio o le queda muy difícil pagar los $ 10.000 pesos de la función. “Nosotros vamos a hacer un teatro rodante, llegamos a los sectores menos favorecidos de la población”, dice Leonor. Lo logran trasportándose en una buseta naranja, la cual está normalmente parqueada al frente de la casa de San Antonio. Le pusieron el nombre de La montaña que se mueve, en honor al refrán de Mahoma, dando a entender que la montaña llegará a esa gente que no pueda ir a ella.

Actualmente,  la Casa de Títeres cuenta con un total de cinco titiriteros de planta, aunque hay algunas presentaciones donde son seis en tarima. Pero la verdad es que el personal no varía mucho. Realmente parece una empresa familiar: está Leonor, su esposo, hay hermanos, sobrinos, hijos.  Lo que mantiene realmente unido el proyecto es ese ambiente familiar, ya que según ella “los nuevos que llegan se van muy fácil, la situación económica y otras cosas los termina aburriendo”.

Sin embargo hay otro protagonista oculto en esta historia, el cual tiene una gran responsabilidad en la realidad de este proyecto. Su nombre es Franciso el exdueño de la casa de San Antonio, a quién al principio le arrendaban el lugar y éste les daba plazos para pagar mes a mes.  “Cuando le fuimos a comprar la casa nos tocaba pedir un préstamo a un agiotista, porque ningún banco nos quería prestar, decían que no podríamos pagar la deuda. Es ahí cuando entra Francisco a ayudarnos, él nos vende la casa en papeles, nos entregó los papeles de la casa a nuestro nombre para poder pedir el prestamo, con el respaldo de una casa que podemos hipotecar, y así logramos pagar”.

Gracias a ese héroe sin capa Cali tiene, entre sus calles, un mundo mágico, con paredes cubiertas de títeres, de afiches de diferentes presentaciones y uno que otra máscara. Gracias a él existe este hogar de hilos, maderas y telas, donde cada títere es creado, personificado y transformado, para siempre, en su personaje. “Ellos no son como los actores, que entran en la piel de alguien y luego pueden salir al mundo real, siendo otros. Los títeres siempre serán el personaje, por siempre y lo que hace el titiritero es animar los muñecos, darles vida”, dice Leonor y concluye de manera poética, “el títere no puede vivir sin el titiritero, ni viceversa”, son un mismo ser, hasta el punto de confundirlos, sin saber quién es de carne y quien no.

A futuro tienen el deseo de crear un museo de títeres. Gracias a los viajes que han realizado y a los grupos que los han visitado, han tenido la oportunidad de recibir diferentes muñecos que tienen un significado especial para ellos y otros que históricamente son importantes. Algunos son réplicas, pero la idea en general es no dejar perder este arte, hacerlo llegar a las generaciones que vienen y dignificar y dimensionar esta hermosa profesión. También tienen la esperanza de crear un centro de documentación, para ampliar el espacio que tienen actualmente en el cual pueden encontrar libros y documentos con los que pueden investigar sobre el mágico mundo de los títeres.

Leonor se levanta el pelo canoso recogido en una moña y una sonrisa pintada en los labios, luego de rememorar lo que ha sido su vida, que es casi la vida que ha tenido el proyecto. Se sienta en su silla y sigue pintando de negros unos planos pájaros de madera, parte de la escenografía para una próxima función. “No se olviden de regresar” dice. Y yo pienso “¿Cómo no volver?”

Casa de los títeres

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