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Cali es y será salsa ayer, hoy y siempre

Cali es y será salsa ayer, hoy y siempre

Lindsay Ballesteros Rincón/ especial para El Giro

En los años cincuenta el Valle del Cauca atravesaba una ola de violencia bipartidista que estuvo centralizada en las zonas rurales del departamento. La “Conservatización del Valle” era el escudo que propiciaba las masacres frecuentes generadas de carácter político y económico. Los conservadores fueron responsables de numerosos genocidios perpetrados en contra de los liberales o personas con afinidad política liberal. Los asesinatos a la gente de clase obrera y campesinos, eran pan de cada día, hechos que dejaron como consecuencia un gran proceso migratorio del campo a la ciudad, donde más de 368.000 personas se asentaron en zonas insalubres, llamadas hoy por hoy “invasiones”. Pero, ¿qué tiene que ver lo anterior con la salsa? Pues bien, mientras las armas silenciaban vidas, la salsa, silenciaba armas.

La gente del común se apropió de este género y lo acunó como propio a pesar de ser producto importado directamente desde Cuba y de las calles de Nueva York. La salsa en Cali tuvo sus primeras manifestaciones en una etapa coyuntural para el Valle y enfáticamente para Cali, fue un fenómeno musical que llegó, para quedarse. En la década de los 70´s, como si la violencia y la sangre derramada a causa del poder y los intereses sociopolíticos de unos cuantos no hubiesen sido suficiente, aparece en escena, el narcotráfico. Reinaldo García, un catano caleño de 72 años quien asiste sagradamente cada quince días a la Viejoteca Pardo Llada, cuenta que la rumba en Cali era “pesada”.

Don Reinaldo recuerda lo que fue la noche en la que “se le apareció la virgen” o mejor dicho, Sandro. Su gran amigo que lo ayudó a salir de una experiencia cercana a la muerte. “Eso fue en el 78, el narcotráfico era latente y se veía bastante en Juanchito. Yo iba mucho a Agapito, era vea, mejor dicho, una nota. –Dice juntando los dedos de su mano y besando las puntas de las yemas al mejor estilo italiano para después aventarse una copa rebosante de Ron, con la efusividad de quien recuerda algo con añoranza – Esa vez había ido con una pelada con la que estaba saliendo y una amiga de ella. En la mesa del frente estaban unos lavaperros que comenzaron a sacar a bailar a la amiga de mi novia, al ella darle largas, pues claro; ellos se creyeron con derechos hasta de sacar a bailar a mi pareja. Y por más de que ellas no quisieran, tenían que hacerlo. Me mandaron una botella de Whiskey a la mesa, y yo la rechacé. En ese momento supe que tenía que irme pero no podía, eran unos diez contra yo solo. Por cosas de Dios llegó Sandro, quien venía con unos negros de esos tropeleros, le conté la situación y me dijo: “Ándate fresco””.

La viejoteca Pardo Llada, al igual que su clientela está cargada de anécdotas. Se dice que fue la primera en la historia de Cali fundada con el fin de rendir tributo cada fin de semana a los ritmos que comenzaban a perderse con el paso del tiempo, el bolero, el pasodoble, cha cha chá, boogaloo, entre otros. Los asistentes a pesar de llevar un poco más que dos cuartos de siglos a  cuestas, bailan como si no hubiese mañana. No desperdician un tema. Desbordan sobre la pista cuadrada de baile una energía rozagante. Así lo demuestra don Reinaldo al expresar: “¡bailemos, bailemos que ahora es que podemos!”.

El aire fresco que ingresa por los ventanales verdes de madera combina con los festines de papel que penden del techo del kiosko, haciendo del lugar, un espacio ameno y familiar, tal como lo describe Marina Rivera con 65 primaveras y Rosalba Valencia de 63, modistas de ocupación y amigas por hace ya más de veinte años. Dicen que la rumba del sitio y “los temas que tocan” les hacen recordar cuando se volaban de sus casas para ir a los ‘aguaelulos’.  “Empezaban a las dos de la tarde, se hacían en cualquier casa o en salón comunal del barrio, a las 6 se acababan pero yo me iba antes, para que no me fueran a pegar. Me acuerdo que me hacía un nudo en la parte de adelante de la blusa, a la altura del ombligo.  O me echaba saliva detrás de las orejas, eran agüeros que habían en esa época para que no nos pegaran, pero lo que hacían era darnos unas pelas más buenas” Entre risas Marina confiesa que no se arrepiente pues fue en esas voladas donde aprendió a bailar.

En la despedida con estos dos personajes, Rosalba un tanto entonada se acerca y me susurra, “si quiere un buen consejo, nunca se meta con un hombre que no sepa bailar, es un mal polvo fijo y tenga siempre presente: lo más importante en la vida es bailar, comer y vestirse bien, lo demás no importa”

Cali es y será salsa ayer, hoy y siempre mientras sigan existiendo personajes como ellos y lugares como estos que rindan honor a la caleñidad y a la memoria histórica y musical de la ciudad, como diría Andrés Caicedo ¡Qué viva la música!

La fuente lo narra desde su experiencia, dejando como conclusión que la música, incluso en medio de un conflicto social, estuvo siempre de fondo.

 

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