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La última clase del ‘profe’ Estanislao Zuleta

La última clase del ‘profe’ Estanislao Zuleta

Imagen de una de las clases de Estanislao Zuleta.

Por la puerta de uno de los auditorios de la Universidad del Valle entró un antioqueño nacido el 3 de febrero de 1935. Era un hombre gordo, no muy alto, con una barba recortada y delgada de color gris, casi tirando a blanca. Fumaba un cigarrillo, con unos cuantos libros bajo el brazo, entre ellos estaban: El Capital de Karl Marx; alguno, cualquiera, de Sigmund Freud y por supuesto La Montaña Mágica de Thomas Mann.  El aula estaba repleta. Había entre 60 y 70 personas esperándolo, había tantas que algunos no lograban ingresar. Era de esperarse, estaban en la clase de Estanislao Zuleta.   

Su popularidad en la Universidad del Valle era tal, que alumnos que no eran ni de su clase, ni de su semestre, y ni de la Facultad de Humanidades, asistían a sus cursos.

“Lo primero que dijo fue: “En mi clase no se preocupen por las notas, ustedes tienen 3.0, por existir, tienen 4.0, por asistir, y 5.0, por insistir””, cuenta Carlos Alberto Rojas Cruz, exsecretario de Cultura de Cali, y exalumno del profesor Zuleta.

Aunque sí era exigente cuando pedía algo. Édgar Allan Castro, un discípulo suyo que mantenía detrás de él cargándole los libros, cuál Sancho Panza a Don Quijote, cuenta que: “un día en clase, Estanislao nos pidió que leyéramos Carlota en Weimar de Thomas Mann, en ese tiempo era imposible encontrar una edición en Cali, pero yo la encontré. Fui todo triunfante y orgulloso a mostrársela, porque de los 50 de la clase, solo yo la tenía. Se lo muestro y me dice: “en la página 45 debe decir: Esto y esto”, lo recitó de memoria, lo leí pero sin embargo era algo completamente distinto a eso. Entonces me dijo: “siempre que compren un libro, miren quien lo tradujo, eso no se lo recibo ni regalado, compañerito””.

Como todo buen maestro y desertor escolar a Zuleta no le importaba cuantificar el conocimiento de sus estudiantes, lo que le importaba era que ellos aprendieran de verdad. Tampoco le interesaba que leyeran sus obras, el Elogio a la Dificultad; Educación y Democracia: Un Campo de Combate o ensayos sobre Marx. Sin embargo, ellos, los estudiantes, se mataban por leerlos.

Esa tarde de 1989, Estanislao se percibía distinto, su pasión y sus chistes no eran iguales. Se notaba triste, deprimido, hace poco había terminado con su segunda mujer y madre de dos de sus cinco hijos, Yolanda González.

Venía enfermo, tenía un enfisema pulmonar, pero seguía fumando. Estanislao decía: “cada vez que fumo a mí se me quita el asma“.

Sus amigos también lo notaban diferente: “últimamente había estado mucho tiempo viendo televisión, algo muy raro en él, porque hasta a sus hijos les había prohibido usarla”, cuenta Jesús Martín Barbero, en Estanislao Zuleta Velásquez – Biografía de un pensador.

La oralidad era su mejor cualidad y su única herramienta para dictar clases. La que lo distinguía entre un profesor y un maestro. La capacidad que tenía para explicar, para poder hablar tres horas, en el peor horario del mundo, de 3 p.m. a 6 p.m. y que nadie se aburriera. Sin embargo, era también el peor enemigo de sus alumnos ya que hablaba tanto que era casi imposible tomar apuntes, por eso, más de uno decidió grabarlo. Posteriormente de esas grabaciones saldrían algunos libros, tal como lo es ‘Colombia: Violencia, Democracia y Derechos Humanos’, escrita a partir de los audios de sus conferencias.

Sus estudiantes lo recuerdan como un hombre digno de admirar. No solo por su capacidad oratoria y su intelecto, sino por la facilidad con la que los hacía enamorarse del conocimiento. “Vos salías de su clase ávido de libros, deseoso de aprender más de lo que se habló”, cuenta Édgar Allan Castro.

También lo recuerdan por sus famosas borracheras. “Hay un grupo de amigos, poetas y escritores que están empeñados en publicar mis rascas completas”, Estanislao Zuleta.

La forma de enseñar de Estanislao estaba impregnada por chistes que escondían una fuerte crítica. Una vez dijo “Dostoievski decía que el matrimonio es la muerte moral de toda alma orgullosa y de todo espíritu independiente, pero se casó dos veces”

Édgar Allan cuenta que el ‘profe’ Zuleta no solo le dejó enseñanzas académicas sino también a nivel personal: “Recuerdo que una vez, mientras estábamos en la cafetería, el profesor me dijo: “Es que Édgar Allan toma trago, pero no lee, pero no escribe”, lo dijo a su manera, en chiste, pero fue más que eso”

Y pesaba más viniendo de Estanislao, sobre todo, porque muchas historias cuentan que le gustaba mucho tomar. “Cuando bebía, su capacidad oratoria aumentaba, te conquistaba más fácil”, resalta María del Rosario Ortiz, primera esposa de Zuleta y madre de sus otros tres hijos.

Aunque el beber también tenía su lado malo, según Rodrigo Ramos, exprofesor de la Universidad del Valle y de la Universidad Autónoma de Occidente, “era común verlo tirado en la zona verde de la biblioteca pasado de tragos”.

El psicoloanalista Juan Fernando Pérez destaca en un documental sobre Estanislao: “Una vez dictó una conferencia sobre León de Greiff, y llegó completamente borracho. Se sentó frente al público y dijo: “León de Greiff, era un poeta antioqueño”, luego puso la cabeza en la mesa y se quedó dormido delante de 200 o 300 personas”.

Terminó la clase, era la última del semestre. Estanislao salió del auditorio, prendió otro cigarrillo y se encontró en la cafetería con algunos de sus allegados, entre ellos Édgar Allan Castro. Acordaron vagamente que iban a estudiar a Espinoza a través de León de Greiff.

***

A Zuleta lo mataron el trago, el cigarrillo o el corazón. Según amigos, este académico decía que León de Greiff murió cuando ya no era posible amar, hoy sus amigos dicen – Estanislao Zuleta murió cuando ya no era posible amar –.

Cuando la noticia llegó a oídos de los estudiantes de la Universidad del Valle, quedaron perplejos, corrían de salón en salón contando la triste noticia, mientras otros recitaban sus escritos para homenajearlo y recordarlo como la persona que era: un bohemio, un poeta, un amigo y, sobre todo, un maestro.

El 17 de febrero de 1990, a los 55 años, se encontraría a Estanislao Zuleta muerto en su casa.  Murió mientras leía un libro… Shakespeare.

 

Por Fernando Cruz/ Reportero de El Giro

 

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