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Teodoro Ramos, el salsero de los timbales de plástico de Cali

Teodoro Ramos, el salsero de los timbales de plástico de Cali

Por Kelly Blandón y George William Obando

Estudiantes de Sala de Periodismo 

El centro de Cali alberga no una sino un millón de historias de vida que se ven representa­das por vendedores ambulantes y artistas callejeros, que dia­riamente transitan las calles de la ciudad en Busca de su sus­tento diario. El Giro cuenta la historia de Teodoro Ramos, un personaje que gracias a los ta­rros y ollas no solo ha logrado sobrevivir al día día, sino que se ha convertido en un exponen­te de la recursividad caleña…

Entre congas de colores, tim­bales de plásticos, claves de escobas, trompetas de vidrio, ollas pitadoras que simulan ser bongos y maracas hechas de bombas de sanitarios astilladas por el uso, Teodoro Ramos afir­ma que “al son de mis tarros bailo yo”.

son-tarros4 En una bodega cerca al Ce­menterio Central, no muy lejos del lugar donde inicia su reco­rrido semanalmente, Teodoro o Teo como lo llaman sus amigos, saca de este lugar lleno de ché­cheres una estructura algo des­gastada y vieja por su uso, con gran ímpetu y orgullo asegura que solo él, con su gran imagi­nación, logró hacer la máquina de hacer dinero. “Cuando yo salí con el cuento artístico de crear mi orquesta, que pitos y que flautas, me acuerdo que la gen­te me decía, bueno y vos qué, de dónde con ese cuento o este man de dónde salió con esto, ¿será que estudió?, entonces yo les respondía, ¿dónde está la uni­versidad que enseña hacer ver­sos?, quién dijo que para sentir el son hay que estudiar”.

Bajo el sol sofocante de la mañana, sobre el asfalto calien­te que cubre la Plaza de Cai­cedo, Teodosio Ramos vestido como quien se dirige a una pre­sentación, de bléiser rojo, ca­misa blanca, sombrero de lado, medias rojas, pantalón negro y zapatos de tacón cubano charol y punta blanca, se dispone a recorrer las calles del centro de la Cali. “Hace 40 años escribo, soy poeta, compositor, escritor, músico y todas esas vainas más que no se aprenden, con ellas se nace, yo hice lo que pocos se atrevieron hacer, yo hice y hago música en las calles”.

Teo agita su pandereta hecha de tapas de gaseosa, mientras cuenta, con una sonrisa algo efímera, que es orgullosamente colombiano. “Nací en el corre­gimiento El Bolo, en zona ru­ral de Palmira, el 21 de Marzo de 1952, tengo 63 años y des­de hace 17 me dedico a esto de ser artista, trabajé de albañil, tocando en bares, cuidando ca­rros, hasta cocinero fui, ima­gínese, pero qué va… lo único cierto es que toda la vida me ha gustado la salsa, le dí y le dí hasta que me inventé este cuen­to de hacer música a punta de reciclaje, claro que todo empezó por la necesidad”. Esa necesi­dad lo llevó a aprender a vivir solo, lejos de su familia, aparta­do de su ciudad.

Teniendo en cuenta el estudio sobre la tasa de desempleo en Cali, personas como Teodosio Ramos se han dedicado a realizar actividades artísticas callejeras por sus propios medios y sin contar aún con los recursos necesarios para lograr incursionar en el mundo de la música.

son-tarros3Vive en el Barrio Fátima, no muy lejos de donde inicia su re­corrido semanalmente, y aun­que sus respuestas son cortas a la hora de hablar de su familia, él asegura que es feliz iniciando su mañana solo, con una pinta acorde a la ocasión, un tinto y un buen cigarrillo. “Yo era muy niño cuando salí de Palmira, creo que tenía unos 15 o 16 años, mi mamá era muy pobre y éramos más de 8 hermanos, en esa época no estaba cerca de hacer esto, yo solo quería salir corriendo de esa pobreza, me dediqué a muchas cosas, pero siempre con mi swing salsero ¡vos sabes!, así me siguieron pa­sando los años, hasta que lle­gue a este cuento”.

En este cuento lleva más de diez años recorriendo las calles de la ciudad y dejando a su paso un sonsonate salsero que indica que Teodoro está ahí.

son-tarros2Con Cali Pachanguero, Señora Ley, Cali Ají y música de Buena Vista Social Club, sonando de fondo, Teo se moviliza día a día por las calles de la ciudad con su vieja estructura montada sobre una tabla de metal macizo, tim­bales hechos de porrones vacíos que se unen entre sí por cintas de neumático, un asiento de pe­luquería desgastado y roto que soporta dos bafles grandes, vie­jos y ensamblados por plástico.

“Me hice un carro, una base bien firme, con ocho llantas de monopatín y empecé a buscar lo que necesitaba para mi orques­ta, unos cuantos tarros plás­ticos que me encontré hicieron las veces de tambores, el redo­blante es una olla en la que de seguro prepararon más de un sancocho”, afirma algo sonrien­te mientras termina de dejar su carro cerca a la Calle 25 con Carrera Primera, no muy lejos de la Terminal de Cali, al paso de los conductores y de los tran­seúntes.

Instrumentos hechos a base de reciclaje inundan hace más de 15 años, las calles de la Ciudad.

Teodoro cuenta que su orques­ta rodante tiene por nombre El Son del Puente. “Me uní con dos compadres hace unos tres años, antes estaba sólo yo, pero ahora somos un grupo, tenemos hasta horarios estipulados”. Tocan de lunes a viernes, de 7:00 a.m. a 1:00 p.m., entre el puente de la Calle Primera y la Plaza de Caicedo, no trabajan los fines de semana y viven del dinero que diariamente los transeúntes ti­ran en la olla pitadora que han organizado entre la silla de pe­luquería y los bongos de adelan­te que conforman su orquesta ambulante.

El paso de las horas se com­bina con el ruido de los carros, motos, pitos y timbales que al son de salsa, boleros, charangas y pachangas, suenan entre los dedos de Laureano Rengifo y José Rodrigo Borrero, pensiona­do de Telecom, conocidos mejor como el popular ‘Conejo’ y ‘El Bigotes’. Cuentan que conocie­ron a Teodoro en un homenaje a Ismael Rivera en la Plazoleta del CAM. “Ese día Teo llegó con sus ollas y tarros a formar la rumba en el lugar, llamaba mu­cho la atención de las personas, entre esas la mía y eso que yo lo conocía hace 16 años”, afirma ‘Bigotes’, mientras se acomoda en la silla de peluquería.

son-tarros5Teo no pasó por el colegio ni por una universidad, habla poco de su familia, no tiene hijos ni esposa que lo esperen al llegar a casa, dice que tiene pocos ami­gos y que aprendió a vivir de la música que hace en las calles, sonríe cada vez que habla y no puede dejar de bailar o cantar al escuchar los timbales de plásti­co sonar.

Teodoro Ramos no es más que un exponente de la recursividad caleña, un hombre que a sus 23 años le tocó combinar la necesi­dad con su alegría, el gusto por la salsa y el baile.

Al llegar la tarde, lejos del agi­te del centro, el ruido de los ca­rros, la gente que los reconoce, el sustento diario, las cervezas que ayudan en el sol picante del medio día, Teo con la misma ac­titud que lo caracteriza, sentado sobre la base de metal macizo que soporta la orquesta ‘Son del Puente’, canta mientras sonríe y toca la pandereta.

“A veces me pongo a verme, soy hueso por todo lado, pa’ qué tanta vanidad, si aquí quedan sepultados”.

 

 

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