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El peso de la palabra

El peso de la palabra

 

Por Daniela Valencia Benítez

Estudiante de Sala de Periodismo

En estos días parece ser que  laborar en cinco trabajos diferentes, sobresalir en  un estudio profesional, sobrevivir de problemas económicos e interpersonales en casa, tener el corazón roto y la cabeza vuelta un ocho y al mismo tiempo tener una sonrisa constante en el rostro o un ‘tranquilo, no peleemos, no pasa nada’ como respuesta a un insulto, es un mito para muchos, o en su defecto, ‘cobardía o hipocresía consigo mismo’ para otros.

Sin embargo, gestores culturales, antropólogos y sociólogos, que han leído más libros en su vida que textos en WhatsApp, confirman el secreto para  llegar a la paz interna y externa e inteligencia emocional: entender al mundo desde diferentes perspectivas,  sí y solo sí se estudia y se comprende esa relación científico-amorosa existente entre la lengua, el pensamiento y la cultura. Ese trío, literal.

Pero no nos digamos mentiras, el arte en nuestro país aún vive dentro de ese debate inmutable de quienes malentienden la cultura como espectáculo y quienes las estudian, las viven y las luchan. Por ejemplo, ¿es cierto o no que en las empresas, cuando dentro de sus requisitos está ser bilingüe, usted no piensa en que si sabe Paez o Guambiano, podría aplicar al trabajo? ¿Acaso, los indígenas que mantienen su tradición oral y a su vez, aprendieron a hablar castellano, no son bilingües? ¿Sabía que la mayoría de las palabras en castellano y en inglés, se formaron por lenguas indígenas?

Tulio Rojas, por ejemplo, gestor cultural colombiano, afirma que “el abandono de la lengua es el abandono del alma”, porque culturas ancestrales indígenas que escriben su historia presente dentro de la misma pasada confirman que el hombre habla con el corazón y si de nuestra boca sale violencia lo más seguro es que por dentro estemos llenos de lo mismo, “abandono interno y cultural” cuenta, lo que deja a la idiosincrasia y el respeto por el peso de la palabra en el olvido, convirtiendo la opinión pública y el criterio propio en algo prácticamente inexistente.

El hombre, aunque complejo, dramático  y subjetivo, es facilista. Decidimos escudar nuestros insultos, ojos torcidos, votos sin votar, empujones en el transporte público, orgullo injustificado e ignorancia con frases tan comunes como: ‘es que estoy muy estresado, el vivo come del bobo, mi última relación me enseñó que tengo que aprender a ser malo, o la peor’. ‘Igual mi voto o mi opinión no va  a ser escuchada ni tenida en cuenta’.

Freud afirma, desde el subconsciente, que de algo deben servir los corazones rotos, las historias que nos contaban nuestros abuelos y las teorías de nuestros ancestros que nos pueden ayudar a aprender de ellas, transformar y, por favor, no dejar de opinar, eso sí, comprendiendo el peso de la palabra y la forma.

 

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