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Cali, una ciudad segregada

Cali, una ciudad segregada

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Por Jaír Villano
Estudiante de Sala de periodismo

Las cifras de la Persone­ría Municipal indican que el 46 % de las muertes violentas en Cali se con­centran en cinco de las 22 comunas de la ciudad. Esta es una ciudad segre­gada, mientras hay sec­tores donde las riñas son casos aislados, en Potrero grande, El Retiro, Marro­quín, Los Alcázares, Pete­cuy I y II, entre otros, la violencia se manifiesta constantemente.

La causa por la que la Sultana del Valle es una de las ciudades más violentas de Latinoamérica estriba en la vetusta dispu­ta entre pandillas que quieren controlar la línea de la droga, con el agravante de la presencia de reductos de los paramilitares, esto es, las bandas criminales que se va­len de más “sofisticados” mecanismos de violencia para tomarse el control de zonas donde el Estado no existe.

Esa ausencia estatal sirve como argu­mento para que muchos jóvenes se inte­gren a estos grupos, la utilidad que deja el negocio, el prestigio entre amigos, la falta de un pensamiento consecuente, y la flexi­bilidad de la ley, acarrean estos estilos de vida. Amén de otros elementos como las narco series, que de alguna manera u otra estimulan la narco cultura. Es preferible vivir como rico una parte de la vida que quedarse pobre toda la vida, es la premisa de la que parten no pocos.

A pesar de las reducciones del porcentaje de muertes violentas de las que se jacta la Administración Municipal, el informe ‘Red de Ciudades Cómo Vamos’ es claro al in­dicar que la pobreza según ingresos en la ciudad –haciendo un promedio en los años 2011, 2012 y 2013– está por encima de dos de las principales ciudades del país: 24 % Cali, 17% Medellín, 12 % Bogotá. La tasa de homicidios por 100.000 habitantes no dista de este contraste, mientras en

Medellín y Bogotá fueron de 53, 5 y 18,6 respectivamente, en Cali fue 83,3. ¿Cali da?

La ciudad tiene numerosos problemas de los que por cuestiones de espacios me per­mito soslayar, pero pongo en consideración estas cifras para demostrar que Cali es dos ciudades: una en la que se puede salir tranquilamente todos los fines de semana, y otra en la que la violencia se enquista violenta y nefastamente.

Se acercan las elecciones de autoridades locales, de manera que es importante que los caleños demandemos una mejor políti­ca de seguridad y mejoramiento para estas zonas marginadas. Le leí hace poco una ironía a Saavedra algo que cae como ani­llo al dedo: “En Agua Blanca hay un barrio que se llama Cali”.

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