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Historias: colombianos atrapados en el exterior durante pandemia de Coronavirus

Historias: colombianos atrapados en el exterior durante pandemia de Coronavirus

La Cancillería de Colombia continúa programando vuelos humanitarios con los que permite que algunos connacionales que quedaron “atrapados” en el exterior, debido al cierre de fronteras por la COVID -19, puedan retornar al País. Hasta el mes de mayo registra que son más de 5.200 los colombianos que han podido regresar desde distintos países, como Nueva York, Brasil, España, y Argentina. Para el mes de junio están programados más de 25 nuevo vuelos humanitarios y se estima que la cifra de repatriados superará los 9.000. Sin embargo, para otros, regresar durante esta crisis no ha sido opción.

Colombianos en Tailandia

Los blogueros colombianos conocidos como “Renunciamos y Viajamos”, nos cuentan su experiencia desde Chiang Mai, Thailandia, donde se encuentran varados hace 2 meses debido a esta difícil situación.

Colombianos en Estados Unidos

Susana es una joven colombiana quien ha solicitado apoyo para regresar a su país, pues no imaginó que su estadía en Miami tendría que ser tan extensa. Nos cuenta su experiencia.

Colombianos en España

Juan Camilo es un joven colombiano que reside en Madrid hace poco y nos cuenta su experiencia luego de vivir muy de cerca la COVID 19, pues su padre es médico en dicha ciudad y se vio afectado directamente por la situación.

Colombianos en Canadá

Vanessa es una colombiana que cursa una maestría y trabaja en Vancouver. Nos comparte su experiencia y situación como empleada y ciudadana en este país, debido a esta crisis social.

Colombianos en Brasil

Óscar, un joven colombiano que se encontraba de intercambio en Brasil cuando esta crisis inició, logró entrar en uno de los vuelos humanitarios de repatriación y nos cuenta los detalles.

Otra de las colombianas que ha enfrentado esta situación desde el exterior es Alejandra, joven caleña que reside en China hace 2 años y quien nos cuenta a detalle su experiencia desde el país donde inició esta pandemia.

Primeros días de enero del 2020, en el mundo iniciaba el año con sonrisas y expectativas, pero lo que nadie esperaba era que con él, iniciaba también una nueva epidemia. Las noticias corrieron rápido. Eran las 10:00 de la mañana del 15 de enero y  Alejandra estaba en su apartamento, elevada a 22 pisos de altura, como es común en las edificaciones de China. Aún descansaba en su cama, ya acoplada a su nuevo ritmo de vida en casa, pues desde hace poco, había dejado de estar a cargo de 20 niños, cómo su trabajo de profesora lo exige, para pasar encargarse únicamente de Alexia, su pequeña hija a la que había dado a luz recientemente. Encendió su televisor y al pasar por el noticiero pudo ver algunas imágenes de personas en hospitales. Parecía ocurrir algo, pero al estar un idioma tan distinto al suyo, Alejandra no entendía qué. No prestó mucha atención. Tomó su celular y fue entonces cuando escuchó por primera vez ese nombre: Coronavirus. Según una información enviada por uno de sus tíos, en Wuhan, una ciudad ubicada hacia el norte de China, se había originado un nuevo virus así denominado, que estaba causando afectaciones en la salud de varias personas, e incluso la muerte.

¿Quién es?

Su nombre completo es Alejandra Suárez,  una caleña de 23 años que decidió darle un giro de 180 grados a  su vida hace dos años, al dejar su país natal para irse al otro lado del mundo, en Guangzhou, China, donde iniciaría una nueva etapa al lado de su, ahora esposo, Guido. “Lo pensé mucho, no era una decisión fácil porque era muy unida a toda mi familia en Colombia y estar tan distanciada me asustaba. Además, el idioma y la cultura lo hacía más difícil”, cuenta Alejandra, quien nunca imaginó que a esta “hazaña” se le sumaría el convertirse en madre y mucho menos tener que vivirlo en medio una crisis de salud mundial, con epicentro en aquel país.

Inicio de una pandemia en China

Tras conocer esta noticia, Alejandra notó que las personas a su alrededor parecían no preocuparse mucho, tal vez  por encontrarse al sur del país, distanciados. Pero para ella era un poco distinto, “Al tener a Alexia a cargo, una vida tan frágil, el impacto de una noticia como esta se multiplica”, dice. Además, su madre, quien semanas antes había viajado  desde Colombia para visitarla, es una paciente con EPOC, un trastorno pulmonar progresivo que se caracteriza por una obstrucción de las vías respiratorias,  por lo que su angustia era mayor. “Estaba más preocupada que el promedio pero me sentía aún lejos de verme afectada, pensaba que eso no iba a llegar ni cerca de acá, no lo imaginaba”, cuenta Alejandra.

Esto cambió días después. El 20 de enero China se declaró en estado de emergencia a raíz del brote, fue cuando se supo que el virus se estaba expandiendo rápidamente por todo el país, ya no se limitaba por un sur o un norte. No pasó mucho tiempo para empezar a recibir llamadas desde Colombia, en las que su familia le suplicaba que regresaran a su país  para estar a salvo.

Al verse en esta situación, Alejandra entró en pánico. Tomó el teléfono y con ayuda de su esposo se comunicó con el consulado de Colombia en China. Después de un tiempo en espera logró comunicarse: “Buenas tardes, mi nombre es Alejandra Suárez y soy colombiana, vivo en Guangzhou y tengo una hija recién nacida y una madre con síndrome de EPOC, quisiera saber si hay alguna ayuda para los colombianos en este momento”, dijo, angustiada y sin preámbulos. Sin embargo,  la respuesta que obtuvo no fue la que esperaba, pues le informaron que la única ayuda que hasta ahora había disponible era que podía pasar al consulado a reclamar de manera gratuita 30 tapabocas. Colgó. Se sintió indefensa, perdida, fuera de lugar. Empezó a buscar entonces tiquetes hacia Colombia, pero  los precios eran muy altos o no había disponibilidad. Mientras tanto las cifras de personas contagiadas en el país avanzaban rápidamente.

Luego de varias horas frente a su computador,  en medio de su desesperada búsqueda de opciones, se tomó un momento para ver a su alrededor. No se había percatado de que parecían ser los únicos en pánico. Su entorno era tranquilo y las personas actuaban con normalidad.  Además, casi de manera automática, el gobierno Chino decretó nuevas leyes y medidas frente a la situación, lo que fue inesperado para ambos, pues en su mente ya visualizaban un caos. Alejandra tuvo calma. El pánico disminuyó como si se tratara de una migraña que desaparece  luego de haberse tomado una pastilla. “Estábamos predispuestos,  somos dos personas jóvenes, hemos vivido más de 20 años de un país subdesarrollado y ahora enfrentamos una difícil situación, pero desde el otro extremo: una potencia, y eso cambia todo”, opina.

Medidas tomadas

Como primera ley: cuarentena. El país se detuvo, las personas debían permanecer en sus casas y solo salir para situaciones necesarias y justificadas. Colegios, universidades, empresas, todo detenido, excepto los hospitales, que se llenaban rápidamente. Además, por ley, toda persona debía salir a la calle con un tapabocas adecuado.

Así inició un periodo de pandemia en China. Pasaban las semanas, y desde su ventana, acostumbrada a ver las calles pobladas  y escuchar mucho sonido ambiente, Alejandra no percibía más de 10 personas. No fue distinto el 24 de enero, día en que se celebra el año nuevo chino, una tradición  que suele iluminar el cielo de todo el país con destellantes juegos pirotécnicos y reunir a las familias y amigos. Esta vez nadie salió, no hubo festejos ni reuniones, cada persona respetó la cuarentena al pie de la letra. “Esto me sorprendió, porque sé que si así hubiera pasado en mi país en 31 de diciembre, todos hubiéramos salido a celebrar sin pensarlo”, agrega Alejandra.

Así transcurrían las semanas. Desde mediados de marzo el  país empezó a registrar cada vez menos personas infectadas, y en este punto, el gobierno decidió cerrar temporalmente las fronteras del país a todos los extranjeros, para así evitar rebrotes.

Ahora los días soleados de Guangzhou se pueden apreciar únicamente desde las ventanas y balcones de los gigantescos y modernos edificios que cubren la ciudad.  Es sábado, uno de esos días en que Alejandra y su esposo deben salir a suplirse de elementos necesarios para su familia. La preparación para salir de su casa inicia eligiendo ropa que cubra la mayor parte de su cuerpo, mangas largas, pantalones, chaquetas. Alejandra recoge totalmente su cabello. Se aseguran de llevar su gel antibacterial y pañuelos. Ambos se protegen con guantes desechables y tapabocas, y salen de su apartamento. Deben usar  el ascensor, pero su conjunto ha prohibido tocar los botones directamente con los dedos, entonces, ya de manera casi automática, oprimen los botones con los codos, método que también emplean para abrir las puertas.

Calles de la ciudad

Salen en su auto. De camino al supermercado ven varios policías en las calles, pero más que policías,  en cada esquina y entrada a grandes locales se observan unas carpas azules y blancas que parecen campamentos. Son puestos de control, donde un grupo de personas lleva una especie de pistola en las manos que, casi de forma automática, levantan y apuntan en la frente de cada transeúnte. Es así como miden la temperatura corporal, la cual, de marcar mayor a 37 grados centígrados, te enviaría inmediatamente al hospital para realizar los exámenes debidos.

Por un momento el tráfico se vuelve pesado. Alejandra se da cuenta de que no es por un accidente o por imprudencias, como imaginaba. Es un camión circulando lentamente,  uno de esos tantos que ahora rocían deliberadamente un “humo” blanco, con el que desinfectan las superficies, luchando contra la propagación del virus. A su lado observan un auto de servicio de transporte que ahí se conoce como Didi, con un pasajero en la parte trasera,  notan que un plástico improvisado lo separa de la cabina del conductor, parece que nadie se queda atrás cuando de ingeniarse medidas de protección se trata.

Supermercados

Luego de unos minutos, al llegar al supermercado, Alejandra y su esposo deben pasar por un control de temperatura en la entrada. Aquí el control es distinto, hay una pantalla grande en toda la entrada, en la que cada persona que entra se proyecta con un recuadro verde alrededor de su cara, el cual, cambia a rojo al tratarse de una temperatura alta.

No se ven personas sin tapabocas. Hay una mesa con gel desinfectante y pañuelos gratis que todos aprovechan. Estando desinfectados, necesitan un carrito para las compras, pero esta vez no lo pueden tomar por sí mismos, hay un personal encargado de desinfectarlos antes de entregarlos. Así, están  aptos para entrar al lugar que, meses antes, no le cabía una persona más. En los pasillos dos o tres personas buscan sus víveres. El supermercado opera con normalidad, mantienen abastecidos de todos los productos, y, como cualquier otro momento del año, las personas compran únicamente lo necesario.

De camino a casa, Alejandra y Guido notan cada vez más locales cerrados, tanto grandes como pequeños. Llegando a su conjunto ven lo que para ellos ya va siendo común, varios domiciliarios arrimando cada vez más paquetes en la zona que el conjunto, como varios de la ciudad, han dispuesto para ubicar todos los domicilios y paquetes que lleguen a cada apartamento. Funciona como una especie de casillero bajo una carpa, pues no está permitido a ningún domiciliario entrar o tener contacto con los residentes. A los domiciliarios se les paga por Wechat, una aplicación que se utiliza en este país y en donde, según Alejandra, está tu vida entera: nombre, pasaporte, dirección, datos bancarios, dinero, cada movimiento, compra, entre otros.

WeChat

“En China no pagas con dinero en físico ni con tarjeta, a menos de que quieras que te miren como alguien de la época medieval. Cada pago se hace a través de esta aplicación, desde pagos en los supermercados hasta compras de tiquetes de avión”, cuenta Alejandra.  Pero esto no es todo lo que esta permite. En medio de una pandemia el comportamiento de las personas es el factor clave y diferenciador en la situación de cada país. Desde la perspectiva de Alejandra, a diferencia de lo que pasa en Colombia, las noticias falsas, los “memes” inapropiados y el pánico infundado no tienen pie en este país, y por esto, cree, los resultados han sido tan distintos.  WeChat, según Alejandra, actúa como la principal red social del país, por tanto, si una persona decide elaborar o difundir un video,  audio, noticia o imagen  que no sean fundamentados, las autoridades podrían estar en la puerta de tu casa en cuestión de minutos para someterte a un proceso legal por incumplimiento de la ley. Así mismo, allí las personas tienen disponible un link oficial en el que se registra y actualiza cada minuto el número de contagiados en cada ciudad de China, así  como en el resto de países del mundo.

Rutina en casa

Una vez entran a su apartamento, se retiran todas las prendas, las llevan a la lavadora directamente y se duchan. Así, están listos para saludar a su familia. “Paso los días con mi mamá, mi hija y mi esposo en el apartamento. Ha sido difícil, pero el estar con ellos me llena de fuerzas”, dice Alejandra, quien en las tardes, luego de haber madrugado para atender a Alexia, enciende su computador para conectarse con sus pequeños estudiantes en las clases Online de la escuela Amigos, donde es profesora de español, inglés, yoga y aeróbicos. Sus alumnos tienen entre 8 y 10 años, y siguen estudiando desde sus computadores sin inconvenientes, pues “En China tener un portátil en la casa es como tener una nevera”, recalca.

Meses después de la cuarentena

Ya han pasado algunos meses en cuarentena. En los últimos días el virus parece erradicado, se ven más personas en las calles y  establecimientos, pero ciertas medidas continúan. Además, la situación parece haber dejado secuelas en la percepción y comportamiento de los habitantes del país. “Desde que se abrieron nuevamente las fronteras del país, hubo un pequeño aumento de casos de coronavirus aquí, por lo que, a los ojos de los ciudadanos, los extranjero nos hemos convertido en el problema y nos están discriminando mucho en las calles y lugares públicos”, cuenta. Alejandra.

Hace un lindo día en la ciudad, un picnic en el parque parece una buena y necesaria opción. Luego de pensarlo varias veces, Alejandra decide llevar a su familia. Los cuatro se preparan para salir. No es muy sencillo lograr que su bebé mantenga el tapabocas, tampoco es cómodo para  ninguno, pero esto, como el resto de medidas,  parece estar convirtiéndose en parte del paisaje, en una costumbre, como si se tratara turbantes en la cultura Musulmana, los saludos de lejos se arraigan como en España los dos besos en las mejillas, y el bañarse al llegar a casa se automatiza como en los japoneses el quitarse los zapatos en la puerta del hogar.

Toman una manta y frutas. Salen de su apartamento, listos para ir solos en el ascensor una vez más, pues cuando se suben, los chinos optan por esperar antes que compartir. Caminan hacia el parque, reciben miradas desagradables a las que intentan ignorar. Llegan al lugar, hay muchas personas disfrutando del día, pero pocas cerca de la zona que eligen para sentarse. Toman el sol, comen y ríen. Son tiempo difíciles, “Sí en un principio la falta de afecto y amabilidad de la cultura china me estaba afectando, ahora, siendo discriminada, me afecta el doble”, dice Alejandra, quien sin embargo no pierde la esperanza. Mira a su familia, el hermoso paisaje y la increíble arquitectura de la ciudad, se siente tranquila. “Hoy, estoy agradecida por no haber podido viajar a Colombia cuando todo inició, porque un país como Colombia no está preparado para enfrentar una situación así, y evidenciarlo duele. Solo pido que esto cambie y que mi familia y mi país tome ejemplo y sepa cuidarse para salir de esta”, dice, mientras carga su pequeña hija en brazos.

Por María Alejandra Campiño /Estudiante Sala de Periodismo 

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