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Parejas del mismo sexo, la otra familia

Parejas del mismo sexo, la otra familia

Cuando Héctor y Miguel entraron a la oficina del rector del Colegio Antonio José Camacho, su hijo, Andrés, de 12 años, tenía agachada la cabeza. Los hicieron sentar a su lado. Horas antes, Andrés había golpeado a uno de sus compañeros de clase. Angus­tiados, preguntaron el porqué. Su hijo, con pena, respondió que se burlaron de él porque tenía dos papás, hombre y hombre, homosexuales. Andrés rompió en llanto por la impotencia que sin­tió en aquel episodio. No le gus­taba que hicieran burlas sobre sus padres.

El padre biológico de Andrés es Héctor, un hombre de 36 años, corpulento, de tez trigueña. Des­de niño siempre sintió gusto por los de su mismo género. En 1998, se fue a vivir a Europa con la promesa que se vendía en los medios de comunicación: en ese continente todo era más avan­zado y liberal. Tuvo diferentes oficios, llegó a vender su cuerpo, pero ninguno colmó sus expecta­tivas. Por eso, en el 2001, decidió regresar a Cali.

Héctor, en una noche de rum­ba, conoció a Ana, la mamá de Andrés. Fue un encuentro casual que los unió para siempre: en nueve meses, exactamente el 27 de octubre del 2002, tendrían un hijo.

Las cosas estaban claras entre ambos padres, sabían que no po­dían darle un hogar convencional porque el papá era homosexual, así que decidieron que el niño viviría con la mamá. Pero esa decisión la cambiaría el mismo Andrés, quien a los 7 años se fue a vivir con Héctor, pues en el hogar de Ana el dinero no alcan­zaba para todos, ella también de­bía responder por sus otros tres hijos.

Miguel, con su baja estatura y su cabello castaño, no revela sus 24 años. En el 2010, conoció a Héctor. Se conocieron por ami­gos en común. Hace 3 años viven juntos.

En la casa de esta pareja, al fondo del pasillo, reposa una fi­gura del Señor de los Milagros. Hace poco la compraron en Buga mientras cumplían una promesa. Semanas atrás, Andrés se había accidentado en una moto con un amigo. En esa ocasión, por la eu­foria de tener a su hijo con salud, se besaron dentro de la iglesia. Las miradas reprochadoras no se hicieron esperar y los hicieron salir. “Maricas. Enfermos. Van a ir al infierno”, les repetían en voz baja.

“Yo creo en Dios, pero no en la iglesia. Esta institución solo ha fomentado la discriminación de los que somos diferentes. Para ellos somos unos desadaptados sociales y esa no es la misión de la religión”, comenta, con rabia, Héctor.

Miguel es el más callado. Su tono de voz es bajo y con mati­ces afeminados. Va perdiendo la timidez a medida que va ha­blando. “Es duro tener libertad con mi pareja en los espacios pú­blicos. No nos abrazamos ni nos besamos, pero solo por escuchar la forma en la que hablamos o nuestros gestos, ya nos discrimi­nan. Y si estamos con el niño, es peor. Nos han llamado violado­res”.

Hernán, el papá de Miguel, re­cuerda cómo esta pareja se tiene que enfrentar a malos comenta­rios. “Nosotros entendemos esto porque estamos cerca de ellos, pero para otras personas es duro. En el taller de mecánica, mis compañeros han hecho comenta­rios hirientes. Se refieren a ellos como los ‘mariquitas’ o lanzan comentarios groseros cuando Mi­guel me lleva el almuerzo al tra­bajo. Es mejor ignorarlos”.

Al lado del pasillo queda la habitación de Héctor y Miguel. Arriba de la cama, que tiene unos tendidos de color rosado chillón, pende de la pared un cuadro de Elton John, cantante y abande­rado de la comunidad LGTBI.

“Ojalá nosotros pudiéramos tener la libertad que tienen en países como Estados Unidos o Inglaterra, pero no es así. A la gente le cuesta entender que una familia no es papá y mamá, no. Una familia es un grupo de per­sonas que se quieren, se apoyan y se respetan. Y eso somos con Héctor y Andrés”, afirma Miguel con seriedad.

Andrés, que no puede dejar quietas sus manos delgadas mientras habla, no entiende por qué la gente los ve mal. “Yo con mis papás hago las cosas que otra familia del común hace: sali­mos a cine, jugamos videojuegos, ellos me ayudan en mis tareas. Yo no me siento raro o diferente a los demás”, cuenta.

Clemencia es la mamá de Ca­milo, amigo de Andrés desde hace seis años. Ella ha permitido que su hijo viaje al Lago Calima o salga a centros comerciales con Héctor y Miguel. Nunca ha sen­tido temor de que ellos se apro­vechen de su hijo. “Uno los ve y sabe que no son malas personas. Camilo ha convivido con ellos y sé que son respetuosos y respon­sables. Para mí, son una familia normal”.

Andrés, dos años atrás, se bur­ló, con palabras ofensivas y con pequeños golpes en la cabeza, de un niño con Síndrome de Down. Esta situación alarmó a sus pa­pás. Le explicaron que si no que­ría que otros niños le hicieron lo mismo, debía tolerar a las perso­nas que fueran diferentes a él.

Héctor y Miguel no tienen muestras de cariño delante de Andrés, las evitan lo más que pueden porque no quieren inco­modarlo. Pretenden que él solo descubra su sexualidad. Para ellos, un niño que sea criado por una pareja homosexual no tiene por qué tener la misma orienta­ción de los padres.

Al principio, las familias de Héctor y Miguel no estaban de acuerdo con que criaran a An­drés. Les cuestionaron hasta el más mínimo detalle. Hernán, el papá de Héctor, fue el que más se opuso a esta decisión. “Yo no los creía capaces. Consideraba que lo hacían más por llenar un va­cío de ellos. También que no era sano para mi nieto y me daba te­mor, pero ellos me demostraron que estaba equivocado, que Héc­tor y su pareja podían darle amor y respeto, y una prueba reina de eso es ver al niño ahora”, relata Hernán.

laotrafamiliaJustamente, el 18 de febrero de este año, la Corte Constitucional limitó la posibilidad de que las parejas gais adopten, al conside­rar que solo es posible si uno de ellos es la madre o el padre bio­lógico. Al respecto, esta pareja siente que se le niega la oportu­nidad a un niño abandonado de ser acogido por una familia que le puede brindar amor. Miguel siente que “tomar la decisión de adoptar un niño no se hace a la ligera y nosotros estamos en la capacidad de brindar cariño. Queremos tener una niña. El nombre ya está: Sofía”.

Una noche, Luisa, mientras preparaba la cena para su fami­lia, comenzó a sentir náuseas. Tuvo que ir al baño. Alejandra, su pareja, la acompañó. Eso era una buena señal, pues cuatro semanas atrás tuvo relaciones sexuales con un hombre, porque un proceso de inseminación ar­tificial es muy costoso. Un rato más tarde, después de realizar una prueba de maternidad, se darían cuenta de que Luisa esta­ba embarazada. Ella y Alejandra tendrían su primer hijo juntas después de dos años de relación.

Esta pareja no quiere revelar los detalles de cómo concibieron a su primer hijo. Luisa frunce el ceño cuando habla del tema. “no­sotras no podíamos pagar 30 mi­llones por un solo intento. Los de­seos de ambas coincidieron, pero se salía de nuestro presupuesto. Por eso lo hicimos en casa”

Alejandra ya tenía la experien­cia de ser madre, pues tuvo a su hijo Esteban, de 10 años, en una relación anterior. Por esta razón tomaron la decisión de que Lui­sa sería la encargada de tener su primer hijo. La llamaron Va­lentina y heredó varios rasgos de su madre biológica: tiene la piel trigueña y los ojos grandes. Hoy tiene 2 años.

Cuando se trata de hablar con sus amigos, Esteban defiende a su familia:

– No entiendo por qué tienes dos mamás.

– Porque mi mamá se separó de mi papá y se fue a vivir con Luisa, mi otra mamá. – respondió Esteban.

– No entiendo.

– Daniel, no hace falta que lo entiendas mientras lo respetes.

Esteban considera a Luisa como su otra mamá, hasta la llama así. Y manejan una bue­na relación. Al igual que Héctor y Miguel, ellas buscan inculcar­les a sus hijos el respeto por la diferencia. “Pertenecemos a una comunidad que ha tenido que ganarse a pulso la libertad que tenemos hoy. Lo menos que po­demos hacer es demostrarles a nuestros hijos que no debemos tenerle miedo a la diferencia”, señala Alejandra.

Según las madres, nunca sus hijos se han tenido que enfren­tar a una situación bochornosa que los haya hecho sentir mal. En caso de que se llegara a pre­sentar, buscan, a través de sus enseñanzas, criar seres fuertes y valientes que no teman expresar lo que son o lo que quieren.

Ahora, a Luisa y a Alejandra se les viene a la cabeza aquel día en que Esteban llegó del colegio, se quitó los zapatos y saludó a sus mamás. “¿Saben qué es lo duro de tener dos mamás?” – preguntó – “celebrar el día de las madres”, respondió con una sonrisa.

Un debate abierto

Muchos son los puntos de vista psicológicos que se tienen sobre si es pertinente o no que las parejas homosexuales adopten menores de edad. Clara Villegas, psicóloga egresada de la Universidad Antonio Nariño, reconoce que “lo natural es que un niño sea criado por padre y madre. El concepto de familia sí se ha modificado, pero eso no significa que debamos atentar contra la naturaleza”. Diferente opinión tiene Jairo Eduardo Palechor, psicólogo de la Universidad Santiago. “No se trata de si vamos en contra de lo común. Una familia se basa en el amor y la responsabilidad de las personas que la conforman. No depende del género o las preferencias sexuales de sus integrantes”.

Para la psicóloga Villegas no deben primar los de­rechos de las personas gay, debido a que lo verda­deramente importante es si este tipo de parejas son la mejor opción, la más idónea, para criar un niño. “¿Cómo se espera que un niño crezca sanamente si no está en el ambiente idóneo para ello?”. En cambio, para Palechor se deben medir las capacida­des de los adoptantes para dar afecto y establecer límites, lo que no depende de la sexualidad de las figuras paternas sino de la estructura neurótica de cada ser humano.

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